Algo espantoso me sucedió ayer: estaba haciendo fotos por el parque y me había fijado en una simpática ardillita que recogía castañas. Me eché la cámara a la cara, y justo estaba buscando la mejor composición cuando, de pronto, un monstruo de 30 metros aterrizó con un enorme estruendo a unos cuatro metros de mí, ocupando todo el encuadre de mi 50 mm. No sé cómo pude mantenerme en pie pero el caso es que me quedé petrificado, aunque el terror que sentía no me impidió cometer el error de apretar el disparador. Alcé levemente la mirada y me percaté de que el click había llamado la atención del ente, que escudriñaba el origen del ruido con su ojo, mientras chasqueaba su lengua contra una especie de pico. Justo cuando creía que me había descubierto y tomaba consciencia de que mi final era inminente, algunas de las personas que había en el parque empezaron, aterrorizadas, a correr y a gritar, desviando la atención del gigante, que inició la implacable y fulminante cacería de todo aquél que se movía. No sé cómo, pero aprovechando el descuido pude huir, salvando mi vida milagrosamente.
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